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Personas que recientemente se han dejado caer por aquí :)

miércoles, 22 de junio de 2011

Capítulo 11. Brindando trozos de esperanza

Después de todo lo vivido el día anterior no tenía ganas de nada. No había nada que hacer ahora que ya no quedaba nada que perder. Podía haberme quedado en la cama durante todo el día, pero mi habitación se hacía pequeña al igual que yo cada vez que recordaba todo lo malo. Por ello decidí salir. Despejar mi mente.

Nada más despertar por la mañana apagué el móvil, por si a Jack se le ocurría contactar conmigo. No quería darle más explicaciones. No quería oír su voz y menos verle. Tampoco que me viera él a mi así; destrozada, malherida, indefensa, vulnerable.

El resto del día mi consuelo fueron mis sabanas. Vi la tele o tal vez solo pasaba canales, pero me sentía absolutamente vacía.

Aunque en realidad lo único que deseaba era saber. Necesitaba saber de él. Darme cuenta de si en verdad yo le importaba, si había intentado contactar conmigo. Si había luchado por mí. Si se había molestado.
Encendí la móvil, apresurada. No tecleé bien el código PIN y me lo dio como erróneo, hasta que al final llegué a acertar tras respirar muy hondo. Pero para mi desgracia aún no había llamado. No había querido saber de mi, que tal estaba…Tiempo había tenido. Eran las seis. Desilusionada, cogí mi gabardina y dirigiendo hacia la puerta les pregunte a mis padres si podía ir a casa de Alicia ya que me tenía que dar una cosa. Ellos cedieron encantados, más lo que no sabían era que esa tarde yo no me pasaría por su casa, de hecho estaría más bien lejos de ella. Solo necesitaba estar sola. Y pensar. Como dije, distraerme.

Tras un leve movimiento de pelo me coloqué un casco de mi Ipod en la oreja, luego el otro. Paso. Tristeza. Paso. Jack. Desilusión. Paso. De pronto se me había olvidado el respirar.

Cogí el primer bus que pasó por la parada. Ni siquiera me pare a mirar a donde dirigía. Me daba igual el rumbo que tomar en mi vida. Ya nada importaba. Planeas, pero a veces te das cuenta de que el destino tiene otros planes para ti. Y cuando la vida no quiere lo que tú crees pasas de tenerlo todo a nada. De nuevo el bus me dejó en el paseo marítimo de la ciudad. Junto al colegio, aquel que me enredaba en los jodidos recuerdos, a nuestros recuerdos.

Llena de rabia por dentro di una brusca patada a una botella vacía de plástico, que casualmente llegó a los pies de la persona que menos deseaba ver en ese preciso instante. Maldito destino.

Paré la música. Levanté la mirada. Intenté sonreír, pero debí parecer tonta. Él dio un paso, se aproximó a mí. Agarró mi mano. Me atrajo hacia él. Me abrazó. Luego un tórrido beso. Si hasta ese momento había contenido el aliento ahora también las lágrimas.

Apoyé mi mejilla en su pecho. Intenté no llorar, más mi esfuerzo se vio destruido cuando él me dijo te quiero.
Me separé de él, secándome las lágrimas.

-          Pequeña, no pasa nada, no llores.
-          ¿Cómo quieres que no llore?
-          Sé que ahora mismo no es el mejor momento para que me expliques lo de ayer, pero necesito saber.
Los humanos siempre con las mismas ansias del saber. De descubrir aquello desconocido. De adentrarse en otros mundos. Pero nunca llegarán a comprender que en realidad todas sus preguntas carecen de respuestas. No sé porque acabo de plantearme esto, si a pesar de todo, yo también soy humana.

-          Jack, es todo muy complicado.
-          Enana, me gustan las cosas complicadas.
-          Las cosas complicadas no son agradables.
-          Tú, por ejemplo, eres la persona más complicada del mundo, pero eso es lo que te hace diferente, lo que me gusta de ti.
-          Para, por favor – dolía escuchar palabras de esperanzas cuando sabía que todo estaba perdido - .
-          Vamos – agarró mi mano – Tomemos algo y me lo intentas explicar con más calma - .
-          Como quieras – me rendí - .
-          Conozco un sitio en el que venden un chocolate con churros que está buenísimo, ya verás.
-          ¿Me endulzara el corazón?
-          No necesitas chocolate para endulzarlo.
-          ¿Qué necesito? – besó mis labios - .
-          Lo endulcé – guiñó un ojo y no me dio pie a contestar sus bromas - .
Agarró mi mano nada más comenzar a andar.
-          Jack, no quiero que hagas esto más difícil – dije con seriedad - .
-          Está bien, nada de dar la mano rubia.
-          Así mejor – me soltó - .

Recorrimos el paseo y no tardamos mucho en llegar hasta la cafetería. Escogimos una mesa con vistas al mar. Así podría continuar con mis distracciones. Los dos pedimos chocolate con una única diferencia, yo pediría una taza mediana y él una grande. Después una docena de churros para los dos ¡Menuda merienda!

-          ¿Sabes? Se supone que ahora mismo debería estar en casa de Alicia.
-          ¿Ya habías hecho planes con ella? – se sorprendió - .
-          No, solo que les mentí a mis padres diciéndoles que iba a su casa – nos reímos - .
-          ¿Y entonces a donde ibas? – preguntó con curiosidad - .
-          Sin rumbo fijo – afirmé yo, mientras el camarero, al parecer nuevo, sin mucha experiencia debido al tiemble de su mano y su grasiento y sudoroso aspecto servía con el máximo cuidado la comida - .
-          ¡Qué buena pinta tiene todo! – mis ojos brillaban y se encontraron con los de él - .
-           Estoy de acuerdo – bajé la mirada - .
-          Está bien, te lo contaré todo, ¿preparado? – con mucho valor afronté la situación - .
-          Listos – hizo una pausa – ya – me reí con desgana - .
-          Mis padres. Todo es culpa de su estúpida decisión de mandarme al extranjero. Es que no me tomaron en cuenta para nada, ¿te das cuenta? Ni siquiera me preguntaron nada, absolutamente nada ¿Te parece normal? ¿Y yo qué? No soy nada al parecer.
-          ¡Eh tía! Tranquilidad, que no me entero. Más despacio – no me había dado cuenta de la rapidez ni la rabia de mis palabras de odio - .
-          Perdona. A partir de ahora intentaré contarlo mejor. Mis padres quisieron mandarme un año a estudiar al extranjero para que aprenda más inglés; como si eso fuera lo único importante. Me arrancaron todo. Destrozaron mi vida. Me están alejando de mi infancia, de mis amigas, de ti – suspiré – Es que no se dan cuenta que no me hacen ningún bien. No claro, claro que no se dan cuenta, porque es más, si se diesen cuenta no me estarían haciendo esto.
-          ¿Qué te he dicho? Lo has vuelto a hacer. Si vas a seguir contándome la historia para de hablar de esa manera – recapacité - .
-          Es que me siento muy impotente. No puedo hacer nada. Lo he intentado todo y no me quiero alejar de este lugar. Aquí está todo lo que quiero.
-          Espera que me aclare. Tus padres quieren mandarte a estudiar al extranjero aunque tú no quieres.
-          Lo has entendido bien.
-          ¿No has intentado hablar con ellos?
-          ¡Pues claro! ¡Claro que lo he intentado! – me indigné – He hecho de todo, pero parece no importarles. Hasta me han intentado convencer diciéndome que solamente estudiaré allí tres meses y que si no me gusta podré regresar. Pero no soy tonta, sé que eso no es verdad.
-          Tendrías que confiar más.
-          ¿Más? ¿Confiar? ¿Confiar en una familia que no te tiene en cuenta? ¿Una familia a la que le da igual tu felicidad? No, gracias.
-          Pero de todas formas, vendrías en vacaciones, ¿no?
-          Sí, claro. Pero eso no cambia nada. Tú…podrías, en ese tiempo…
-          Bri, que yo no me voy a olvidar de ti. No podría aunque quisiera.
-          No digo eso.
-          ¿Y entonces?
-          Irte con otra – lo dije lo suficientemente bajo para intentar no parecer demasiado tonta - .
-          ¿Es eso? Pero enana, creo que ya te he demostrado las suficientes veces que me importas. Que me da igual el resto del mundo si estoy contigo. Que mis ojos solo miran los tuyos. Que no hay otra persona con la que preferiría estar. Que esto no es fácil, pero la distancia no va a acabar con lo que yo siento por ti, porque esto no es pasajero. Esto…yo…nunca me había pasado con nadie.
-          ¿Enserio?
-          No podría decir todo esto si de verdad no lo pensara.
-          Pero Jack…
-          Jack nada, ¿sabes lo que vamos a hacer ahora mismo?
-          No, ¿qué?
-          Vas a salir por esa puerta. Le vas a decir a tus padres que hoy eres mía y te vas a quedar conmigo.
-          ¿Dónde?
-          Ya sabes donde vivo – rió - .
-          Tendré que pensar en una escusa – sonreí - .
-          Eso se te da estupendamente - .
-          No te creas.
-          Confió en ti. Te espero a las nueve – salí corriendo. Sin saber que hacer o que decir. Pero era feliz. Y era esa felicidad la que me permitía continuar.

Entré por la puerta eufórica.

-          ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Una cosa!
-          No grites, Bri, ¿qué ocurre?
-          Alicia me ha invitado a dormir en su casa.
-          Pero pasado mañana nos vamos Bri.
-          Ya, pero mañana vendré pronto y me dará tiempo a preparar todo, no te preocupes – hice una pausa, mientras ella pensaba –además van a ser los dos últimos días que esté aquí. Me lo debes.
-          Está bien, puedes ir. Diviértete. Pero mañana, estate para comer.
-          ¡Mamá!
-          En principio sí, si surge alguna cosa, puedes quedarte allí a comer, pero en principio no.
-          Bueno, vale. Voy a preparar la bolsa – estaba realmente ansiosa - .
Metí todo rapidamente en una bolsa. Quería estar lista lo antes posible. Las ganas acababan con mi paciencia y mataban al tiempo.
-          Mamá, papá, me voy – un beso a cada uno y el plan marchaba sin dificultades - .

Ya eran casi las nueve de la noche, pero aún no había anochecido. A pesar de ello, no me gustaba el barrio de Jack para andar sola y desprotegida. Así que una vez dentro del portal me sentí realmente protegida.
Timbre y para mi sorpresa tardó un poco en abrir la puerta. Quería verle y disfrutar de los últimos momentos que nos quedaban juntos. Porque esta vida está para eso, vivirla, si la dejas pasar nada habrá merecido la pena, por eso yo he aprendido a olvidarme de los problemas y vivir únicamente el momento; porque el final todo acabará, pero me niego a pensar en ello.

-          Ya pensaba que no vendrías. Tenía la comida ya hecha desde hace un rato – me lancé a su cuello.  Él elevó mi cuerpo y cerró la puerta, ¡PUM! Portazo.

-          ¡Qué bien huele! ¿Qué hay para cenar? – sonreí - .
-          Pues tenemos Pizza, ¿Qué le parece?
-          El señor podía haber cocinado algo más casero, ¿no?
-          No hubo tiempo – sonrió - .
-          No, solo toda la tarde, ¡que poco!
-          Y que lo digas – reímos - .

El piso era considerablemente pequeño. Todas las luces permanecían apagadas.  A la estancia la iluminaban unas velas situadas en la mesa donde comeríamos. Todo adquiría una atmosfera más romántica. Nada más entrar se encontraba el salón-comedor. El sofá parecía muy antiguo pero aun así cómodo. La tele acompañando al resto de la sala ya que también era antigua. Al final de esta estancia se hallaba una puerta que conducía a un pasillo con tres habitaciones. El baño y dos dormitorios.

-          Pero aún hay tiempo de hacer algo antes de comer – añadió - .
-          ¿Cómo qué? – pregunté extrañada - .

Me cogió de la mano cariñosamente, atrayendo mi cuerpo hacia él. Sus ojos se clavaron en los míos y un cosquilleo recorrió mi cuerpo fugazmente. Me besó en los labios dulcemente rompiendo esa delicadeza del principio, tal vez por miedo a que me arrepintiese de estar allí. Mas acogí ese beso con tanta pasión como él. Le rodeé el cuello tímidamente con mis brazos. Él con los suyos subió mis piernas hasta quedar enlazadas con su cintura. Terminó aquel beso fugaz.

-          Preciosa – susurró – así pareces un mono.
-          ¡Calla! ¡No tengo cara de mono!
-          Venga, descuélgate monita.
-          No, no, estoy en el árbol que más me gusta.
-          Este árbol estará aquí siempre que lo necesites – besé su mejilla y bajé de su cintura - .
Me acomodó en la silla y nos dispusimos a cenar.
-          ¡Qué hambre tengo! Y con la pinta que tiene todo creo que la cena durará poco.
-          Tampoco comas mucho haber si te va a sentar mal – pensé que cualquier persona  que nos viese en estas circunstancias creería que éramos una familia - .
-          Tranquilo, sé cuando parar.
-          Yo no – mostró una de esas sonrisas pícaras - .
-          ¿No sabes parar?
-          Cuando algo realmente me gusta no – sonrió de nuevo - .
-          Por cierto – cambie de tema – no están tus padres en casa, ¿verdad?
-          No. Se han ido a un balneario estos días.
-          ¡Cómo viven!
-          Sin mi – rió - .
-          Ya. Ahora entiendo, se van para perderte de vista, seguro – bromeé - .
-          Se ve que sí.
-          A saber que les haces a los pobres.
-          ¿Yo? Nada… - vaciló - .
-          Apenas – reímos - .

Hubo un tranquilo silencio mientras los dos dábamos varios bocados a la pizza. Hasta que yo volví a interrumpir.

-          ¿Dónde voy a dormir?
-          ¿Te parece bien en el sofá?
-          Pues no demasiado – nos reímos - .
-          ¡Si que estás exigente, chica! Pues entonces… te dejo la alfombra.
-          Aún menos.
-          ¡Vale, vale, perdona! Un metro cuadrado.
-          Cuanto me da el señor, generoso y tal.
-          Bueno tampoco pida tanto ya le doy yo el medio metro cuadrado.
-          Y si duermo en su cama, ¿eso mejor no?
-          Muchísimo mejor – sonrió -.

Terminamos la cena tras una larga conversación sobre el colegio y los profesores que dejaría atrás.

-          Señorita, alquile varias películas que podríamos ver, ¿te apetece?
-          Pues claro ¿Cuál tienes?
-          Como no sé lo que preferías  cogí varias – me fiaba de su gusto - .
-          Vale. Elegiré una – me enseño todo el repertorio y al final me decanté por una de misterio - .

Pusimos la película. Nos acurrucamos en el sofá como una auténtica pareja. Pude apoyar mi cara contra su cálido pecho. Me rodeó con sus brazos durante toda la película. Era una sensación constante de amor y felicidad, que a veces me hacía sonreír. De vez en cuando jugaba con mi pelo, enredándolo entre sus dedos. Estuvimos concentrados en la película todo el tiempo hasta los últimos diez minutos en los que el final ya había sido descubierto y no quedaba intriga ninguna.

-          Qué calor hace, ¿no? - se quitó la camiseta dejando al descubierto unos músculos perfectamente definidos gracias a sus numerosos entrenamientos en el gimnasio y a la halterofilia que practicaba no hace más de un año.
-          Yo no tengo mucho calor la verdad – no le prestó caso a mis palabras y deslizó rapidamente mi cuerpo contra el sofá. Él quedo rapidamente encima de mi estructura.

Besó mis labios muy lentamente, de pronto éramos como la misma persona, yo respiraba de su aire. Me agarró mi mano con fuerza. Besó mi cuello y de pronto una sensación indescriptible abarcó todo mi cuerpo. Recorrió mi pierna de arriba abajo con sus mano y mi corazón se aceleró, no podía hacer nada, ni moverme, hablar, hacer algo, ni siquiera detener aquel corazón que ahora estaba como loco.
Pero gracias a que terminó la película pude salir de ese apuro en el que antes me encontraba, pero que ahora era un recuerdo pasado.

-          Ya sacó yo el CD – se ofreció -.
-          Está bien – dije tímidamente mientras me incorporaba - .
-          Te tendrías que poner el pijama.
-          ¿Dónde me puedo cambiar?
-          Pues como dormiremos en la habitación de mis padres, ahí mismo. Primera puerta a la izquierda.
-          Gracias.

Me levanté alegremente mientras intentaba borrar de mi mente aquel momento. Cerré la puerta. La habitación era muy simple pero también antigua. La ventana estaba abierta y dejaba entrar impetuoso al aire que ondeaba pausadamente las cortinas rosas.

Me vestí con un camisón un poco transparente de tirantes. Cuando acabé puede escuchar un armónico sonido proveniente de una habitación no muy lejana. Abrí la puerta. El sonido era cada vez más fuerte, me dirigí al final del pasillo, no me había percatado de que allí en la habitación de Jack había una ventana que daba al tejado de la propia casa. Allí sentado se le veía. Tocando cariñosamente la guitarra. Concentrado. Decidido. Gesticulaba mucho con la boca eso era lo que más me gustaba de él cuando cantaba. Sentía como la música le arropaba. Esto me hizo sonreír.

-          Ven pequeña.

Me dirigí corriendo hacia sus brazos. Aunque allí fuera hacía frío entre sus brazos eso ya no se notaba. Sentados. Juntos. Mirando a las estrellas.

-          Nunca había visto las estrellas en la ciudad.
-          Pero esta noche brillan más que nunca porque estás aquí conmigo – cogió un mechón de mi pelo y lo colocó detrás de mi oreja delicadamente.
-          Nunca me imaginé que estaríamos así, felices y juntos.
-          Sinceramente yo tampoco, pero ahora es cuando me arrepiento de no haberme dado cuenta antes.
-          ¿Darte cuenta de qué? – sabía perfectamente lo que iba a decir, pero me encantaba oírlo en él y darme cuenta así de que nada de lo ocurrido era un sueño - .
-          De que te quiero. Y que cuando estoy contigo no necesito nada más.
-          Yo tampoco – besó mi frente - .
-          Tengo frío – me quejé pero acto reflejo él me agarró con mucha más fuerza - .
-          ¿Así mejor?
-          Así está todo perfecto – él no sabía hasta cuento, pero así, no necesitaba nada más - .

Luego nada más, solamente silencio, pero de ese tranquilo y armónico. Relajante. Sin necesidad de decir nada ya que nuestros corazones hablarían por nosotros. Contemplábamos la noche, oscura, únicamente oscuridad, pero había estrellas, tantas estrellas que iluminaban en mi la esperanza. Y la luna, la luna estaba allí, quieta. Luna brillante, luna lejana. Luna para todos. Luna para gente pobre o rica. Luna para personas felices y para otras que lloran. Luna llena. Luna que crece. Luna. Luna. Luna. Tú.

-          Pide un deseo.
-          Yo no hago esas tonterías, pequeña.
-          Pedir un deseo no es ninguna tontería – le di un codazo - .
-          No que va.
-          Eres tú más tonto por pensar eso.
-          Te equivocas.
-          Venda, porfa, hazlo por mí – intenté poner la cara más dulce de mi repertorio - .
-          Está bien – al final se rindió – pero con una condición - .
-          ¿Tengo opción?
-          No.
-          Venga, ¿Cuál condición?
-          Pide tu primero el deseo.
-          Vale – sonreí – le pido a esa estrella de allá  - señalé una al azar, que brillaba, que para mí era única y especial por verla visto junto a él – que esto dure para siempre. Siempre. Siempre. Siempre – me acurruqué aún más en su pecho deseando que ese momento no terminara nunca - .
-          Yo quiero pedirle a nuestra estrella que no te olvides de mí en el tiempo que estés en ese colegio. Porque por mi parte no va a pasar nada – aclaró - .
-          Te lo prometo. Cómo me voy a fijar en alguien más si todo lo que necesitaba lo he encontrado contigo, ya no tengo porque buscar en otra parte – me besó en los labios-  .
-          Compuse una canción para ti.
-          ¿De verdad?
-          Sí, claro.
-          Me la puedes cantar, ¿no? – quería escucharla. Quería escuchar su voz una vez más - .
-          ¡Cuántas exigencias, señorita!
-          Bueno… por favor, cántamela.
-          Así está mejor. Pero, no puedo.
-          ¿Por qué no?
-          Todavía no tiene letra, solamente compuse la melodía, pero tiene esencia.
-          ¿Esencia? – pregunté extrañada - .
-          Tú.
-          ¿Yo soy la esencia? – dio por contestada esa pregunta y se dispuso a continuar - .

Cogió su guitarra. Me separé de él para poder dejarle su espacio, así que me acomodé cerca. Comenzó y cada nota era como una nueva ilusión que creaba. Sí, era eso, creaba emociones, creaba una atmosfera de sueños y sobre todo de amor.

-          ¡Jack! – me abalancé sobre él y le di un fuerte abrazo - .
-          ¿Te gusto?
-          ¿Cómo?
-          ¿Qué si te gustó?
-          No si ya había entendido la pregunta, pero es una pregunta estúpida.
-          ¿Y por qué dices eso?
-          Es obvio que me gusta, no sé porque lo preguntas.
-          Es una tontería de canción - .
-          Claro, te parecen una tontería las canciones que compones para mí, es eso, ¿no?
-          Yo no he dicho eso.
-          Lo sé – nos reímos – pero no es una tontería.
-          Seguro que no te gusto.
-          ¡Bo! Te odio, haces esto para que te diga cincuenta veces que me gusta.
-          Mentira.
-          Ves ya estás mintiendo otra vez.
-          Cincuenta no cincuenta y una.
-          Más tonto todavía.
-          Tonto, pero te encanto.
-          Cómo puedes estar tan seguro.
-          Acaso me equivoco.
-          Puede – me acerqué a su cuello y lo besé - .
-          No ves, no puedes resistirte a mis encantos.
-          Si que puedo.
-          No, ves, ya has mentido otra vez.
-          No me copies – me quejé y está vez le besé en los labios, él como siempre estaba en lo cierto.
-          No ves, te lo dije.
-          No seas tan creído.
-          Vámonos pequeña, a la cama.
Me agarró de la mano y nos dirigimos a la habitación de sus padres.
-          Como eres la invitada te dejo elegir.
-          Elegir, ¿qué? – era imposible comprenderle - .
-          Lado de la cama.
-          Me es indiferente, como prefieras.
-          ¿Cómo toque?
-          Está bien.

Era una cama demasiado grande para los dos, éramos relativamente delgados. Las mantas eran gruesas. No tenía frío.

-          Jack, tengo frió.
-          ¿Y ahora? – me abrazó con fuerza. Hay que ser inteligente, me encanta tenerle junto a mí. Pegaditos.
-          Ahora ya no.

Cerré los ojos con la intención de descansar aunque fuera un momento de ese día que había acumulado en mí numerosas sensaciones, pero un impetuoso movimiento hizo que todo mi cuerpo se estremeciese en un mismo momento.

Sus manos recorrieron sus dudas mis piernas. Mi respiración se aceleró. Él parecía divertirse con ello y levantando mi camisón posó su mano en mi barriga, haciendo círculos con su pulgar.

Se puso encima de mí y besó lentamente mi cuello tras bajar uno de los tirantes de mi camisón. Me miró expectante, con deseo, con ganas y así de esta misma forma me besó. Acogí el beso con fuerza pero sin dejar de lado al miedo. Enredé mis manos en su pelo. Y luego creí desaparecer, entre las sabanas y mantas. Dejé de tomar consciencia de lo que ocurría, solamente quería acoger esos besos, esos mordiscos, esas vueltas y ese descontrol constante.

La oscuridad nos arropa y el instinto animal empieza a adueñarse de nosotros, pero sigo encontrándome perdida. Sus manos surfean mis caderas con excitación pero de pronto percibo su cuerpo, sus músculos y sus labios de nuevo.